Huele a espíritu adolescente

Publicado: agosto 17, 2010 de beto1182 en Uncategorized

Este año se cumplen 16 desde que un fuerte sonido, seco y certero quebrantó el silencio del campo. Era el disparo de la escopeta para cazar patos que dio fin a la vida de Kurt Donald Cobain. Llevado por el dolor acumulado durante años de inestabilidad emocional y sufrimiento, donde las notas discordantes vibraban en su espíritu incomprendido en una agónica danza; de la certera intuición en su mente de que ya no había esperanza posible en un mundo como este y de una dosis letal de heroína fluyendo en sus venas, apretó el gatillo, temblando el cañón en su sien y escuchando de fondo la última canción que oyó en su vida: Everybody Hurts de R.E.M.

El mundo entero lo sintió, miles de personas salieron llorando por televisión y poniendo flores en altares improvisados que se levantaron en los rincones de Aberdeen, lugar de su nacimiento, y Seattle, epicentro desde donde la música grounge, con Nirvana a la cabeza, se extendía por toda Norteamérica y el mundo. Su esposa, desconsolada, leía en público la carta suicida encontrada junto a su cuerpo y cada frase, cada palabra pronunciada se sentía como un puñado en el corazón para miles de fanáticos suyos a los que las canciones de Nirvana les cambiaron su vida para siempre.   

Pero las lágrimas derramadas ese día, ese mes y todos los siguientes años después de su trágica desaparición no fueron causadas por el final de Nirvana. Su música seguiría sonando por siempre elevando nuestros espíritus a límites impensables de éxtasis y delirio. El dolor intenso era porque él, Kurt, el amigo, el hombre sensible y solitario, el líder de toda una generación que estalló con sus gritos de histeria en el escenario, con su arrebato inesperado en el solo de una canción, y sus letras, su poesía y su furia se apagaban por siempre mientras que su mirada penetrante era velada por la muerte.

Mientras algunos, consternados, no aceptaban lo sucedido y se preguntaban en silencio cómo sería un mundo sin él, otros comprendían en el fondo que una vida de dolores, desengaños y tristezas no podía terminar de otra manera. Susurraban letras de la canción “Something in the way”, en donde él hablaba de cómo, tras el divorcio de sus padres cuando tenía 8 años de edad, tuvo que pasar las noches debajo de un puente hasta que su tía lo acogió en su hogar. Recordaban sus amigos su carácter tímido y retraído, que hizo que en la escuela se burlaran de él y lo rechazaran hasta el punto de convertirlo en un asocial, una persona huraña y distraída que sólo en la música encontraba su medio de expresión, en la guitarra la manera de liberar la rabia que sentía por sí mismo y en las canciones su manera de irse, de alejarse por instantes de todo aquello que le producía náuseas. Pensaron también en aquel dolor visceral de su estómago que comenzó desde que era un adolescente y que ningún médico pudo curar. Era como una punzada aguda, inclemente, con la que tuvo que lidiar toda su vida y para la cual el único alivio eran las fuertes dosis de heroína inyectadas en sus brazos y en su espalda.

Sin embargo, Kurt era un hombre dulce. A pesar de todo confesaba que si no podía entender el mundo en el que vivía igualmente amaba todo lo que veía y escuchaba. El odio profundo siempre fue hacia sí mismo, hacia su lúgubre vida de la cual creía él era el único culpable. Consiguió la fama siendo muy joven pero pronto descubrió que no era lo que esperaba ni lo que quería para él. Por ello los constantes ataques de la prensa, la pérdida de la privacidad y el hecho de verse a sí mismo condenado a vivir por siempre como una figura pública, adorada y venerada por muchos, terminaron de desestabilizar su vida. Con más ansiedad buscaba las drogas como medio de escape mientras todo se caía a pedazos ante sus ojos. Ya no disfrutaba crear canciones porque sabía que serían puestas mil veces por día en cadenas radiales absurdas y que serían escuchadas por personas que no iban a poder entender el denso y misterioso sentido de cada una de ellas. Agobiado, decidió dispararse a sí mismo en su casa de campo, solo, a la edad de 27 años, luego de 5 días en los cuales se había aislado de todo y había escrito esa carta suicida que termina con la frase: “Es mejor quemarse que apagarse lentamente”.

Su canción más conocida fue Smell Like Teen Spirit (Huele a espíritu adolescente). En realidad ésta se convirtió en el himno de toda la generación de la década de los 90, porque en sus letras y en su cadencia acelerada se manifestaba ese espíritu fuerte, inquebrantable y rebelde que buscaba desplegar las alas y ascender desde lo más bajo hacia esas inmensidades etéreas de libertad y de locura. El título se le ocurrió a Cobain cuando una amiga suya le dijo que él olía como a Teen Spirit. Éste era un producto desodorante que usaba su novia, así que alguien, como broma, escribió un graffiti en su habitación que decía: “Here smells like teen spirit” Kurt reconoció en esta frase un tema que retumbaría en los oídos de los adolescentes de entonces, que marcaría el cambio trágico del rock y que revelaría un nuevo, confuso y agitado significado de la música.

Kurt fue el vocero de todos aquellos que se sentían a oscuras, incomprendidos detrás de las paredes, cubiertos por un velo que cernían ante ellos mismos para no ver las tonterías de un mundo que cada vez lograban comprender menos. Con su muerte no sólo quedo un dolor eterno que aún pervive entre nosotros, sino todo un legado de ideas, canciones, sensaciones, angustias, sonidos desafinados de guitarras rotas y ecos de gritos profundos que resuenan a lo largo de los años…

Mientras escribo escucho de fondo la última que canción que tocó Nirvana, en el MTV Unplugged en noviembre del 93… Canta Kurt: “My girl, my girl / Don’t lie to me / Tell me where did you sleep last night”… De repente todas la voces del mundo parecen unirse en  un solo grito de dolor y júbilo encendido al tiempo, cuando las notas son más fuertes, las luces tenues, los lirios a su lado parecen comprenderlo y sumarse a su dolor; y sus ojos se cierran, su pecho tiembla y parece que todo se detuviera un segundo y luego volviera a seguir su curso pero de una manera frenética e inaguantable: “My girl, my girl / Where will you go / I´m going where the cold wind blows / In the pines, in the pines / Where the sun don´t ever shine / I would shiver the whole night through”… Y por último el silencio, la calma, los corazones que retoman su pulso normal. Nadie se atreve a aplaudir porque nadie ha podido reaccionar aún y no saben cómo reponerse ante una emoción como esa… Cobain se levanta de su silla, mira fijamente un punto en el vacío, dice gracias, sonríe y se despide con su mano izquierda…

Nadie sabía entonces que nunca más lo volverían a ver en un escenario, y ahora, 16 años después, el mundo entero sigue esperando a un músico que tenga la mitad de su talento…

Beto_182

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