Historias de vida (Capítulo 1)

Publicado: agosto 11, 2013 de razoredge024 en Estilo libre

Qué lindo se ve el paisaje ahí afuera. Acá dentro empezó a hacer un poco de frío, desde que el chofer decidió prender la calefacción debido al berrinche que hacían los nenes al fondo del micro. Siempre decimos “niños serán niños” pero éstos se comportaban como un rebaño sin control. Para colmo, tenían una excitación que contagiaba de momento.

A todo esto, esperaba ansioso aunque sin dejarme llevar por las emociones arribar a la costa, lugar que me vio dar mis primeros pasos y que tantos recuerdos reviven con sólo pasar por ciertos edificios. De más está decir que llegamos dando gracias, nadie sabía de la relación amorosa que existía entre el alcohol y el conductor.

Llegué, más bien, llegamos. Esos nenes impedían que me sintiese desolado durante todo el viaje. Ojalá algún día vuelva a tener su edad para tener energía tantas horas seguidas. Aproveché que sentamos cabeza a horario y desayuné en un bar enfrente a la terminal. Lágrima con tostados de por medio, intentaba imaginar cómo serían las cosas hoy en día por mi larga ausencia.

Me dirigí inmediatamente a la cabaña cuyos rasgos seguirían intactos. En el camino, tuve un altercado con una señora que sostenía saber todo por su religión. Lógicamente, me conozco bastante y mi respuesta no se hizo esperar. Mantuvimos una discusión “a los empujones” pero luego, entró en razón. La razón y la moral siempre serán mi punto de partida para todos mis proyectos.

Habré tardado unas dos horas aproximadamente hasta verla de lejos. Trastabillando, descendí del colectivo y caminé unos metros. Todo estaba igual, con la salvedad que vi más construcciones a lo que recuerdo. Golpeé la puerta y mi madre me saludó con un abrazo que siento al día de la fecha. La verdad es que estaba en casa, mejor no podía verme. Mi hermano me esperaba dentro para comenzar una partida de ajedrez. De mi padre solamente poseía unas cuantas fotos, siempre lo recordaré como un hombre capaz que luchó hasta el final de sus días.

Sin embargo, no estaban solos. Una mascota era el nuevo integrante de la familia y ¡vaya si vivía a gusto! Conversamos unos momentos y me comentaron de una chica nueva en el distrito. Me pareció llamativo el énfasis que pusieron en ella, ya que la adornaron mucho para mis conveniencias. Lo cierto es que regresé luego de un año fuera, todo sea por el estudio y mi futuro. A la noche decidí salir a dar una vuelta por el muelle, descalzo, a la luz de una luna en cuarto creciente. Juntaba caracolas del suelo, las más coloridas, para llevarlas a casa. En ese momento, escuché una muchacha entre sollozos. Me acerqué cual porfiado y con extremada cautela, le pregunté su nombre. “Luz” me respondió con una voz compungida y lastimosa. Me senté junto a ella. Hablamos unos cuantos minutos. El motivo de su llanto provenía de una pelea con su anterior pareja. Luego de vaivenes léxicos, decidí acompañarla a su hogar a unas pocas cuadras de donde nos encontrábamos. Me agradeció de sobremanera por hacer algo que todo caballero debería. Fue una clara señal para darme cuenta que los hombres de aquí escaseaban en cortesía.

En camino a nuestra vivienda, pensaba una y otra vez en ella. Casi instintivamente, sin quererlo. Percibí algo de ella que me cautivó desde ese primer momento y nunca más, me dejaría olvidarla. Al llegar, me recosté sobre el futón que daba a la ventana. Se oía suavemente la brisa golpear contra ella. Asimismo, el mar calmo ayudaba a la escena en una total tranquilidad.

Al día siguiente, me levanté extrañamente más feliz que lo usual. Por órdenes de mi madre, salí a comprar unos productos que necesitaba. No obstante, me disgustaba ir a comprar por más cercano que esté el mercado. Mientras miraba la góndola de los lácteos y sin prestar la atención requerida, choqué vagamente contra una señorita. Al darle una mano para levantar las cosas que habíamos tirado, me di cuenta que era ella. Sí. Nadie más. Nos reímos al reconocernos y continuamos juntos hasta la caja, donde abonamos.

Los días pasaban y un sentimiento de peculiares características nacía en mí. Creo que estaba sufriendo eso que algunos llaman “enamorarse”, aunque no estaba seguro debido a que no lo había experimentado. Sólo sabía que pensaba en ella, le dedicaba tiempo y cada vez que la veía, mi frecuencia cardíaca se iba de viaje a las nubes. Cada vez me cautivaba más su manera de ser y de dirigirse a otras personas.

Sin más remedio, les confié la historia a mi madre y a mi hermano. Para colmo, era la chica de la que ellos hablaban anónimamente. La intuición de una mamá siempre será un valor único e incomparable. Resumiendo la extensa charla, me acompañaban salga bien o no. Tuve mil y una oportunidades para confesarle mis sentimientos. Sin embargo, dejaba pasar el tiempo y las posibilidades se reducían día tras día. Le obsequiaba amuletos –que tanto le gustaban-, collares, distintivos, anillos, entre otras chucherías. Tenía la absurda esperanza que se fijara en mí como yo lo hacía con ella. El tiempo pasaba y no me decidía, me costaba porque sentía su valor y no quería que la lastimasen más. No se lo merecía.

Cierta tarde nublada de otoño, reuní fuerzas para plantearle mis sentimientos hacia ella. La esperé a la salida de su universidad y caminamos religiosamente hasta su cabaña. Antes de despedirme, le propuse quedarme un rato más. Fue allí cuando comencé a narrarle todo lo que estaba viviendo. Gracias a ella, conocí el verdadero sentimiento de estar enamorado, el deseo de querer hacer feliz a la persona que uno tanto ansía y quiere. Jamás hubo acercamiento alguno entre ella y yo, mas ideaba que ella lo era todo para mí. Con los ojos a punto de lagrimear, sostuvo que me tenía muchísimo aprecio pero como su amigo. Entendí la situación y me marché a mi hogar. Durante semanas estuve sin volver a enfrentarme con esos crustáceos que me acosaban en la orilla ni rescatando a los peces que iban a ser devorados por las gaviotas.

Se acabaron las vacaciones y el estudio se vuelve a hacer presente. Debía regresar a la ciudad capital… y lo hice pero solo no, con su marca en mi vida. En ese preciso instante, fue donde elaboré una gran frase que guiaría mi vida de allí en más: “La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco.” Sin dudas que no estaba exento de esta reflexión.

Algún día me gustaría volver a saber de ella. Por más que pase el tiempo, nunca perderé las esperanzas de estar con ella… con Luz.

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