La primera vez que fui

Publicado: octubre 13, 2013 de camiventa en Estilo libre

Todo en nuestra vida tuvo una primera vez, pero recordarlo es difícil y lindo. Todos alguna vez caminamos, corrimos, hablamos y leímos por primera vez, y debo serles sincero, recordarlo es dificultoso. Pero si mezclamos estos conceptos con nuestro maravilloso fútbol, quizás ni cueste tanto. Yo tengo la suerte de recordar una primera vez donde sentí muchos sentimientos, que aunque la olvide, siempre quedará ahí: la primera vez que fui al estadio.

Hace un muy buen tiempo cuando yo era más o menos pequeño, mi papá me contó que me iba a dar la oportunidad de llevarme al Estadio Nacional a presenciar el partido de mi equipo, Colo-Colo. Yo, como se esperaba, reaccioné agradeciéndole y me entró una alegría inmensa; al fin podría tener la oportunidad de ver a mi equipo en vivo y en directo como lo soñé por bastante tiempo.

Los días previos al hecho pasaron extremadamente lento, tal como si hubieran modificado intencionalmente la velocidad de los relojes… No podía evitar estar quieto en algunos momentos, pensando cómo sería el gran día que se aproximaba: yo empezaría a formar parte del gran espectáculo y la gran pasión llamada “fútbol”.

En el día previo, esperé a desocuparme de mis responsabilidades para recién enfocarme totalmente en lo que sería la jornada que se aproximaba, mi primera ida al estadio, mi incorporación definitiva al mundo futbolístico. Llegó la noche y como la mayoría de las personas, me fui a dormir, pero sabiendo que el día siguiente sería uno especial, algo que no ocurre todos los días. Desperté en la mañana y la sensación fue buena.

Era el gran día. Iba a presenciar un partido de mi equipo tal como en la televisión pero con el triple de emoción. Lamentablemente, aún quedaba bastante espera; ¡el partido era a la noche!

Nuevamente tenía el presentimiento de que la manecilla del reloj corría más lento de lo normal, como si se hubiera agotado de tanto correr. El partido era a las 8 de la tarde y recién eran las 3. Para preparar el acontecimiento y las emociones, fui a mi cuarto a buscar la camiseta de mi equipo y la encontré al instante, fui a buscar la bandera y también la encontré prontamente. Empecé a flamear la bandera en mi cuarto en modo de práctica, pero lamentablemente no disponía el espacio suficiente por ahora… sólo por ahora.

Eran las seis de la tarde y había llegado la hora de emprender el rumbo hacia el lugar al que esperé tanto arribar. El sol se comenzaba a esconder y yo junto a mi papá nos subimos al autobús que nos llevaría al gran coliseo.
Por cada minuto que pasaba, se oscurecía un poco más. Se veía que iba a ser un gran espectáculo y la emoción no la podía contener. Llegamos al lugar y descendimos del autobús. Teníamos que caminar varias calles hacia adelante y a medida que avanzábamos se podía presenciar un poquito más el estadio. Caminábamos paso por paso y por cada segundo que pasaba, faltaba un poquito menos.

Sólo faltaban un par de calles y ya se escuchaban los cánticos, los silbidos, la euforia… y tras varios pasos más, logramos alcanzar la meta y nos pusimos frente al estadio:

“¿Llegamos?”-pregunté yo, y mi papá respondió lo que yo esperaba oír desde hace mucho tiempo;

“Sí nico, ya llegamos”.

Pasé por los controles de seguridad sin problema alguno y los gritos de la hinchada se escuchaban fuertísimos, esa misma hinchada de la que yo empezaría a formar parte. Sólo me quedaban unos pasos… Estábamos al frente de la entrada de las gradas y en el último escalón, cerré y abrí los ojos para intentar hacer una transición de eras. Pero, para ser sincero, finalmente no fue necesaria.

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Esta imagen que les muestro fue básicamente lo que vi, pero con la diferencia de que era mi primera vez. Sentí una mezcla de sentimientos, una mezcla de alegría, felicidad y el saber que esto fue lo que esperé por aquellos minutos interminables…
Hacía frio pero no me importó, no acepté ponerme la chaqueta hasta que dejara de sentir la emoción que tenía dentro, porque eso no necesita abrigo alguno. Estaba feliz, muy feliz. Por primera vez tenía la libertad de mirar hacia cualquier lado y no estar limitado por la cámara televisiva. Por primera vez escuchaba tan real el ruido de los cánticos y los silbidos. Por primera vez sentía el sentimiento que siente siempre un hincha de fútbol. Por primera vez sentí correr fútbol por mis venas.

Con mis dos brazos flameaba la bandera de mi equipo que parecía tocar el oscuro, infinito y frío cielo que estaba a esa hora. Con toda mi visión presencié el partido y a la hinchada los 90 minutos. El vocabulario que tengo se me hace corto para describir la real sensación que tenía. Habían banderas agitándose por todo el estadio, gente cantando el himno del club; si mi vida dependiera de describir mi sensación, creo que finalmente desistiría.
Partido terminado, celebramos un nuevo triunfo y luego partimos a casa. Extrañé mucho el estadio y a ratos me sentí triste, pero sin embargo recordé algo que me dio un gran consuelo: no será la última vez; y tuve razón.

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