Ainara, la plateísta

Publicado: noviembre 9, 2013 de razoredge024 en Estilo libre

Siempre que tenía ganas y sobretodo dinero para ir a jugar a la pelota me gustaba vestirme bien. Soy de esos muchachos que aunque vayan al centro a comprar, a jugar a la quiniela o a alimentar a las palomas tengo que estar presentable. En incontables ocasiones recalco que nunca se sabe con quién se puede cruzar uno en el camino, ¿no?

Así fue como me llamó nuevamente el facha. ¿Lo recuerdan? El personaje que me contactó el día que conocí a Nicolás, mi amigo asesinado. Bueno, él mismo se acordó de mis dotes bajo los tres palos para ir a jugar contra sus vecinos. Cabe señalar, que uno tenía más pinta de malandra que el otro.

Sin variar mucho a mi tradicional “cábala”, me decidí por ir caminando hasta las canchas del resto bar por si las moscas. Hombre soltero, sin apuro de compromiso, así que debía vestirme siempre de manera actitudinal por si alguien se aparecía y aprovechar la situación.

Entré, saludé al mismísimo facha y a los otros amigos, que muchos de ellos ya los conocía de la escuelita de fútbol. Cuando ingresaron al complejo, sus aledaños lo hicieron con una gran concurrencia femenina. No hay que llevar a la novia/amante/amiga cercana a partidos de gran envergadura ya que se puede pasar cierta… vergüenza si el partido es perdido.

Mirando intermitentemente a las señoritas que se hicieron en escena, tiraba chistes con mis amigos en voz alta para ver si alguna se reía, al menos, de mi cara. El encargado de las canchas finalizó el partido pretérito al nuestro y ahí fue nuestro turno.

Elegí el arco que más cercano estaba en relación a las damas. Me preparé ahí mismo, mi equipo hizo lo propio y empezamos a jugar. A medida que la pelota giraba se escuchaba un cuchicheo intenso. Sí, eran ellas que murmuraban hasta los laterales. En un momento, los vecinos del facha salen de contra y nos marcan un gol muy bien elaborado. La platea femenina explotó en maullidos similares a “gol”. Sin embargo, hubo una chica que no lo gritó. Me miró cuando me levantaba del suelo y se reía por dentro. Tranquilamente podría haberlo interpretado como una burla hacia el gol que me hicieron, pero no lo tomé de tal forma. Fue, más bien, una sonrisa tímida, casi imperceptible.

Entre esto y aquello, el partido terminó dos arriba en beneficio nuestro. Muy reñido pero se obtuvo el triunfo al fin. A todo esto, me estaba cambiando, se me acerca Marianito y me dice:
– “Ale, fíjate la rubia que está allá a la derecha que se está relojeando desde que llegó. Dale, titán.”

Negar mi cara de sorpresa a esta altura sería totalmente absurdo. Le respondí bastante dubitativo y me quedé pensando en el tema. Chica de unos dieciocho años de edad, rubia, delgada y muy femenina. No hay nada más lindo que una mujer sea femenina. Parece un disparate, no obstante muchas veces, nos topamos con señoritas que tiran más a camionero que a ama de casa.

Siendo consciente de la atracción que le provoqué a tal muchacha, esperé agazapado cual tigre a la gacela, el momento oportuno para intercambiar palabras. Lo hallé. Había ido a comprar un agua mineral al buffet e interpreté la secuencia. Me mandé derecho al mostrador y le dije:
– “Campeón, pagate el agua de acá y dame dos alfajores, por favor.”

A todo esto y bastante desorientada por la situación, la chica se sorprendió para bien. Le obsequié un alfajor y empezamos a hablar. No pudo disimular su sonrisa al verme pero ya lo tomaba como un halago.

Ainara es su nombre. La única Ainara que conocí en mi vida, son de esos nombres que se escuchan con poca frecuencia. Nos pasamos nuestros celulares para estar comunicados ya que nos caímos bien mutuamente y me despedí con un beso en el cachete para que vaya con sus amigas. Se me hacía tarde para volver a mi hogar.

Al día de hoy, con la chica nos estamos conociendo y nos vemos seguido, aunque no para vernos jugar a la pelota, sino más bien de índole romántico.

Supe aprovechar la situación que se me planteó a la perfección. En muchas ocasiones, dejamos pasar situaciones únicas e irrepetibles que no vuelven más, nunca más. Por eso, hay que estar atento a cada movimiento que hagamos y hagan los de afuera, para saber cómo actuar. ¿Qué hubiese pasado si no hubiera hecho lo que hice? Seguramente, hubiese quedado en “la chica de la platea me miraba mucho” y no hubiera significado nada en absoluto. Cada paso que damos es muy importante y quizás, esa chica que cruzás todos los días casualmente en el colectivo, tren o bar, sea alguien muy importante en tu vida pero aún, no se ha despertado.

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